martes, 12 de marzo de 2013

Capítulo 5

Itzel observaba con impaciencia el asombro de los tres beatles hacia el desconocido planeta. Mientras tanto, pensaba que haría ahora. No tenía la más pálida, o coloreada, idea. De todas formas, sabía que tendría tiempo de idear un plan, porque estos chicos parecían estar entreteniéndose bastante.

Como primera medida, la joven del extraño planeta, decidió verificar el funcionamiento del vehículo. No encendía. Enojadísima con el bajista, bajó de la nave y se dirigió al cuarto de control. El motor se había dañado con el impacto. No había nada que hacer contra ello, podría arreglarlo, pero eran imprescindibles algunos materiales que en los suburbios del Planeta Naranja, no podía conseguir.

-¿Qué están haciendo?-Itzel preguntó estupefacta.

-Nada, nada.-Contestaron los tres.

-Prepárense para caminar.-Dijo y subió a la nave a realizar los últimos preparativos.

-¿A donde vamos?-Se preguntó Ringo en voz alta.

Nadie podía contestarlo, ni siquiera Itzel.

Así fue como al cabo de aproximadamente dos horas para La Tierra, rondaron el planeta sin rumbo fijo. Sin embargo, no estaba desierto, porque ahora se encontraban en lo que parecía ser un pueblo. Quizás sería adecuado preguntar donde se encontraba el centro, y un garabato que barría la vereda de su casa, parecía ser perfecto para aquello.

-Disculpe señora.-Dijo Itzel al observar que el garabato tenía puesto un vestido.-¿Podría informarnos donde queda el centro?

-Claro.-Contestó dejando de barrer.-Son tres kilómetros hacia Neptuno. Si se disponen a salir ahora, quizás lleguen mañana en el alba.

-Muchas gracias.-Contestó Itzel.

-¿Mañana?-Se quejó Ringo.

-Parecen muy cansados, pasen a tomar algo.-Dijo amable la señora.

La casa era muy bonita, era pequeña pero muy acogedora. Extraña, sin dudas, pero eso era lo bueno. Los visitantes se sentaron en una pequeña mesita en el hall y la amable criatura les trajo algo de beber, que a excepción de Itzel, a todos les apreció algo nuevo, pero lo más refrescante que hayan probado jamás.

-Mamá.-Dijo un pequeño garabato entrando a la habitación, pero se detuvo al observar a los visitantes.

-Saluda a nuestros invitados, Willy.-Dijo amablemente ella.

-Hola...-Dijo algo tímido.-¿Quiénes son?

-Yo soy Itzel.-Se presentó la extraterrestre.

-¿Itzel? ¿Como la princesa del planeta N°9?-Preguntó emocionado.

-Esa misma.-Contestó ella.

La pequeña criatura se quedó observándola fascinado varios minutos, no podía creer que se encontrase en su casa.

-¿Qué haces aquí?-Preguntó por fin.

-Nuestra nave se estrelló no muy lejos de aquí.-Afirmó John.

-Woow.-Se asombró el pequeño.-¿Tienen una nave?

-Así es.-Contestó George.

-¿Puedo verla? ¿Si?-Inquirió la criatura.

-Willy es un gran constructor.-Dijo su madre orgullosa.-De hecho, atrás tiene un taller en el que hace los futuros inventos relevantes. Él podría ayudarlos con la nave...

-¿Enserio?-Comentó Itzel.-Si quieres verla, más tarde puedes acompañarnos. No está muy lejos de aquí...

-¿Puedo mamá? ¿Si?-Se emocionó el pequeño.

-Claro, pero debes estar aquí para el desfile.

-¡Lo había olvidado!-Dijo el pequeño agarrándose la cabeza.

-¿Qué desfile?-Preguntó curioso Ringo.

-El Emperador recorrerá el planeta en su carruaje real como festejo de la muerte de "El Monstruo".-Comentó emocionada la criatura.-Se van a premiar los mejores inventos, como incentivo para los jóvenes.

Parecía interesante, por lo que resolvieron que luego de almorzar, puesto a que ella había insistido en hospedarlos, irían a revisar la nave, y luego al dichoso desfile, del cual todo el pueblo hablaba emocionado.

-Definitivamente aquí no van a conseguir repuestos.-Afirmó Willy observando el motor.

-El motor está dañado.-Agregó el robot del pequeñín. 

Era plateado y aproximadamente de la misma altura que Richard. Poseía muchos botones y luces de colores en su torso, según contó el pequeño, lo había fabricado hace algunos años, por lo que contaba con un par de fallas.

-Si, eso ya lo sé.-Repuso Itzel.-¿Donde podremos conseguir un repuesto?

-En Soldville seguro encontrarán.-Propuso el robot.

Itzel y Willy se miraron mutuamente, había un problema que resolver.

-¿Qué pasa?-Se atrevió a preguntar John.-¿Queda muy lejos de aquí?

-No es eso...-Dijo Willy.

-Las cosas en Soldville no se consiguen con dinero.-Completó Itzel.

-Yo creo que son unos pervertidos.-Afirmó George y Richard asintió con la cabeza.

-No seas idiota.-Dijo la extraterrestre.-Allí las cosas se consiguen apostando. 

-¿Algo así como Las Vegas del cosmos?-Preguntó John, en vano porque excepto sus dos amigos, nadie de los presentes sabía de qué hablaba.

-En fin.-Comenzó Itezel.-Debemos ir allí lo más pronto posible...

-¿Pero cómo?-Preguntó Richard.-Si no tenemos nave...

Otro asunto para resolver. Willy se había ofrecido a fabricar una, pero tardaría, como mínimo, un mes. No había demasiado tiempo, por lo que decidieron que esta noche pensarían una estrategia. John propuso muchas veces y de variadas formas robar una, pero todos se habían negado.

Las calles estaban repletas de seres. No solo las típicas pelusas o garabatos del Planeta Naranja, sino que también había robots, mascotas y diversas criaturas que podían ser sirvientes de otros, o simplemente habían pasado por allí. Todos estaban emocionados, demasiado para el gusto terrícola. Los banderines triangulares danzaban a lo largo de las calles, resplandeciendo el escudo del reino. Itzel, los tres beatles, Willy, su madre y el robot se acomodaron a un costado y dificultosamente podían ver algo de lo que sucedía. De pronto, luego de que unas carrozas pasaran relucientes, el sonido de unas trompetas rompió con toda la tranquilidad.

-¡Ahí viene!-Exclamó Willy dando pequeños saltos en su lugar.

Todos voltearon a ver lo que sucedía. Un gran carruaje era tirado por caracoles, que hasta una sus antenas podía tenes más elegancia que los terrícolas en toda su vida. Arriba, iba uno más de esos garabatos, pero no era uno común, no. Era el emperador, luciendo su resplandeciente corona. Todos los presentes estaban eufóricos, razón por la cual cuando el carruaje estuvo cerca de ellos, se les hizo imposible ver algo.

Mientras tanto, Paul saludaba a la gente alegre. Estaba sentado a un lado del emperador y llevaba un patético sombrero, pero como parecía ser normal en aquel lugar, no le importó. Le habían regalado muchas cosas ese día, sobre todo rosas. Eran enormes y naranjas, algunas hablaban también, por eso era su regalo preferido. Al llegar a los suburbios del planeta, el emperador le advirtió que si bien la gente no era la misma, no eran malas criaturas. 

-Escucha como te agradecen.-Dijo el emperador a Paul mientras los dos agitaban sus manos con una sonrisa.

-Mira, ahí está el Caballero Naranja!-Señaló Willy cuando el carruaje pasaba frente a ellos.

-¡Paul!-Exclamaron los cuatro sin poder creerlo.

El bajista, extrañado de oír su nombre, porque allí todos lo llamaban "Caballero" volteó a ver de donde provenían los gritos. Y, para su grata sorpresa, se encontró a sus compañeros. Detuvo el carruaje, cosa que fue tarea difícil, y bajó seguido de unos guardias.

-¡Chicos!-Dijo acercándose.-No saben lo genial que es este planeta.

-¡McCartney voy a matarte!-Itzel se abalanzó sobre él.

A continuación todos los guardias, preparados para este tipo de cosas, acudieron en ayuda de Paul. Sostuvieron a la extraterrestre y el emperador, quién había observado todo, bajó del carruaje también.

-¿Qué sucede?-Preguntó preocupado.-¿No está alegre de que este muchacho haya salvado nuestro planeta, ciudadana?

-¿Qué?-Preguntó John.-¿Él?

-Si.-Afirmó el emperador.-¿No se enteraron? ¿Qué clase de ciudadanos son?

-De hecho, no somos ciudadanos.-Agregó Ringo.

-¿No lo son?-Preguntó el emperador acomodando su corona.-¿De dónde vienen?

-De La Tierra.-Afirmó George. Mientras tanto, Willy no podía creer que estuviese frente del gobernante.

-¡Como el Caballero!-Dijo sorprendido.

-Deje de decirle así, se llama Paul.-Contestó Ringo.

-¿Los conoce?-Preguntó el emperador al bajista.

-Si.-Afirmó.-De hecho son los compañeros de los cuales te he hablado.

-¡Oh!-Exclamó el garabato de la gran corona.-Entonces tu debes ser la princesa del Planeta N°9...

-Así es, su majestad, soy Itzel.-Completó la extraterrestre.-Y su Caballero es el culpable de que estemos varados aquí.

El emperador miró intrigado a Paul, quién hizo una media sonrisa.

-Esto es más complicado de lo que creí.-Dijo el garabato tocándose la barba inexistente. 

Todos se miraron, incluso los guardias, que estaban más entretenidos que aquella vez que el habitante de Marte había visitado su planeta por unos cálculos erróneos, y afirmaba haber encontrado un nuevo mundo.

-Quiero que se presenten en el palacio dentro de unas horas.-Afirmó el emperador.-Lo haría ahora, pero hay ciudadanos que aún no presenciaron el desfile, hay que continuarlo.

-¿Conmigo también?-Preguntó Paul.

-¡Claro!-Contestó él.

A continuación les ordenó a unos guardias que se quedasen con ellos, luego de que todo terminara, los conducirían al Gran Palacio. Y así fue. Willy también estaba allí, no quería perderse esa oportunidad. No creo necesario describir por segunda vez la belleza inexplicable de aquel lugar, por lo que deberán acordarse en base a la primer visita de Paul, o simplemente imaginarlo. 

El asunto se discutió un rato largo. Y al final, el emperador afirmó que les prestaría una nave para que lleguen a Soldville lo más pronto posible. No había tiempo que perder, el Planeta Número 9 necesitaba su ayuda.


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Holaa! Me tengo que ir rajando para el dentista, así que les escribo algo rapidito. ¡Ya empecé a leer Crónicas Marcianas! Está buenísimo, gracias María Luján por la recomendación jaja Espero que les guste y si tardo en subir es porque para este fic necesito ideas y cuesta. Chau, suerte!

domingo, 24 de febrero de 2013

Capítulo 4

El beatle se asustó por el el abrumador silencio que lo rodeó luego del estruendo del aterrizaje. Ni en ese momento, ni en todo lo que duró su existencia, pudo comprender como sus acompañantes siguieron en su profundo sueño como si nada hubiese sucedido. Se detuvo unos minutos reflexionando sobre que iba a hacer ahora y dudó que aquella cuestión de sus compañeros lo favoreciera. Probablemente si hubiesen despertado por el estruendo habrían querido asesinarlo pero sabrían de entrada lo que había sucedido. En cambio, cuando despertaran dentro de unas horas y se encontraran en un planeta totalmente ajeno, su confusión sería extrema. Paul pensó que si quizás buscara ayuda, la nave estaría arreglada y en su rumbo normal para antes del alba.

Así fue entonces como el beatle, en puntas de pie, salió del averiado vehículo mirando con cautela hacia todos lados. La atmósfera del lugar poseía un color coral, por más inverosímil que suene, aunque a esta altura del relato no deberían asustarse de lo desconocido. Poniéndolo en palabras que ustedes los terrícolas puedan comprender... parecía un paisaje semejante al de los vaqueros de 1850, una llanura de Colorado, Estados Unidos.

Solo que había una pequeña diferencia, que el curioso bajista notó al poner un pie sobre el suelo firme: el planeta era una gran naranja. Si, así como lo leen o lo oyen, quizás haya terrícolas que hablen con las letras, por lo que siendo un narrador que sirve de mediador entre el cosmos, debo hacer todo tipo de aclaraciones. 

Siguiendo con lo que nos incumbe, el asombro de Paul fue de tal magnitud que rió. Rió de forma desesperada. Si alguien hubiese estado en su presencia hubiese imaginado sin lugar a dudas que era un desquiciado. Y lo que no sabía... era que alguien sí lo estaba observando.

-Yo creo que está demente.-Oyó a sus espaldas.

Volteó algo asustando y los vio. No pudo hacer más que volver a reír, y no porque había perdido completamente la razón, simplemente porque su aspecto era tan gracioso que le resultó imposible resistirse.

-¿No ves? ¡Te lo dije!-Dijo uno de ellos a su compañero.

-Pero ya nos vio.-Se lamentó el otro.

-Hola.-Dijo tímido Paul calmando su gracia.

Para que puedan entender mejor. Este par de... criaturas, eran como garabatos vivientes. Parecían ser pelusas todas enredadas y poseían unos ojos negros como la noche y dientes algo torcidos pero simpáticos.

-Hola.-Dijo uno de ellos algo precavido y se atrevió a consultar.-¿Qué eres y de donde vienes?

-Soy Paul.-Contestó y notó que su respuesta pareció no satisfacerlos.-Soy un humano y vengo de La Tierra.

-He oído hablar de ese planeta.-Apuntó el otro curioso.-¿Es cierto que sus habitantes crearon armas capaces de acabar con él?

-Bueno, sí.-Paul pareció incómodo aunque comprendía el asombro del pequeño y él pensaba lo mismo.

-¿Y es cierto que sus habitantes se asesinan entre sí?-Siguió con curiosidad.

-Si, también lo es.-Contestó el bajista abatido y al terminar de decir eso ambas criaturas retrocedieron un paso.

-¿Y es cierto que...

-Basta Win.-Lo retó el otro y se presentó.-Yo soy Finn.

-Y somos servidores del emperador.-Completaron orgullosos al unísono.

-¿Como es que llegaste aquí?-Curioseó Win. 

-Mi nave se estrelló.-Dijo algo avergonzado.-Bueno, nuestra nave. Hay más humanos allí dentro.

-Creo que al emperador le va a agradar recibir visitas.-Dijo Finn.

Paul creyó que era más conveniente quedarse para cuando sus compañeros despierten, y afrontar la situación, pero los pequeñines estaban tan emocionados en llevarlo con el emperador que no tuvo tiempo para nada. Se pusieron a ambos lados del terrícola y mientras lo llevaban al palacio le contaron mil anécdotas y cosas a saber de aquel lugar.

El camino no fue muy largo, y el beatle asoció esto a que el planeta no era muy grande. Sin embargo, la belleza del palacio era digna de admirar. Un jardín de flores inmensas y naranjas los conducía en un camino hacia la entrada. 

-Buenas tardes.-Saludaron las plantas para el asombro de Paul, quien tuvo que explicar que en su planeta no había flores parlanchinas.

Una vez adentro y hechas todas las presentaciones y asombros debidos, el emperador quiso charlar un rato con su invitado. Él era una criatura de la misma especie que los demás, un garabato, vamos a llamarlo, con la sola diferencia que poseía una reluciente corona. Y, nuevamente, para la sorpresa del Beatle quién creyó que el mandatario de esas tierras sería soberbio, el emperador lo invitó a charlar en el hall real. Era un ser magnífico, sin dudas.

-¿Y tu nave está muy averiada?-Preguntó preocupado.

-Creo que si, aunque no sabría contestar con exactitud.-Dijo confundido.

-En la puesta de Júpiter, mandare a alguno de mis servidores a que la revisen.-Dijo amable, y aunque el beatle no comprendió a que se refería, decidió pasarlo por alto.

-Itzel seguramente sepa con seguridad cual fue el problema.-Agregó el bajista.

-¿Itzel?-Se extrañó el emperador.

-La princesa del Planeta n°9.-Contestó él.

-Oh, he sabido sobre la crisis que afronta. Una pena... una verdadera pena.-Se lamentó.-Hemos pensado intervenir, pero estoy seguro que el consejo de La República sabrá poner fin a la dictadura sin necesidad de una guerra.

-¿La República?-Preguntó Paul.

-Si, es un convenio entre todos los Planetas y asteroides habitados en la galaxia Andrómeda.-Explicó él.-El consejo está formado por representantes de todos los lugares pertenecientes a la Gran República.

-Asombroso.-Comentó Paul para sus adentros.

-Si, en verdad lo es. Más que otra cosa para poder organizar las rutas comerciales entre los planetas de la industria, como Soldville.-Mencionó y pareció recordar algo.-Allí podrías conseguir repuestos para tu nave si es que está muy averiada.

-Muchas gracias, señor.-Respondió Paul.

Pero fue interrumpido repentinamente por un terremoto. Todas las paredes del palacio comenzaron a temblar bruscamente y varios sirvientes corrieron a encender alarmas que advertían aquello al pueblo.

-Oh no otra vez.-Murmuró el emperador sosteniéndose de una columna de mármol.

Paul no comprendió a que se refería y siguió observándolo, quizás se percataría y le explicaría la situación. Pero no había tiempo para eso y el bajista se sostuvo de la misma columna ante las violentas sacudidas del lugar. De repente, divisó a través de los ventanales, como el suelo de naranja comenzaba a agrietarse y desde el centro del planeta salía una criatura enorme y babosa. ¡Era un gusano gigante!

Luego de que el gusano saliese a la vista completamente, los sismos cesaron. Imagínense lo asqueroso que es un gusano verde y baboso multiplicado por mil.

-¡Ha vuelto el monstruo!-Gritaban en las calles los garabatos mientras corrían a ocultarse y el gusano comenzaba a comerse todo el interior del planeta, razón válida puesto a que era una enorme naranja.

-¿Qué es eso?-Preguntó asombrado Paul aunque conociese la respuesta perfectamente.

-¡Es el monstruo!-Contestó el emperador.-Nos aterroriza desde tiempos inmemorables. Nadie sabe donde se encuentra su hogar pero todos afirman que vive en las profundidades del planeta.

-Es horrible.-Contestó Paul asqueado mientras observaba como el animal se retorcía y avanzaba dejando un camino de baba. 

-Lo sé. Lo más lamentable de todo esto es que nunca hemos podido vencerlo y se come todos nuestros cultivos.-Dijo el emperador preocupado y agitando los brazos.

-Pero... es un gusano.-Contestó el bajista quitándole importancia.

-Un... ¿gusano? ¿Qué es eso?-Se extrañó.

-En mi planeta hay muchos.-Contestó.

-¿De verdad?-Se asombró el emperador.

-¡Si, millones! Solo que puedes matarlos pisándolos.-Dijo y observó su zapato pequeño y luego a la enorme criatura.

-¡Estamos perdidos!-Se lamentó el emperador y todos sus sirvientes.

En ese instante, Paul recordó algo. Metió la mano dentro del bolsillo de su saco y tomó un pequeño frasco con una etiqueta que tenía un dibujo de una calavera con dos huesos atravesados. Era veneno, para ratas. Lo tenía allí porque en su casa de La Tierra había un pequeño problema con roedores. Pensó que quizás serviría para el gusano.

Salió del palacio sin dar ninguna explicación, cosa que asombró al emperador y a él mismo. Corrió en dirección a la bestia y era más aterradora de lo normal. El bajista se trepó a un árbol puesto a que el enorme gusano estaba persiguiéndolo para comerlo. Pensó y pensó como podía introducir el veneno en el monstruo, y llegó a la conclusión que lo mejor era servir como carnada.

-¡Está loco! ¡Lo matará!-Se oía como decían los habitantes asombrados ante la escena.

Paul bajó de su escondite y se paró frente a frente con la babosa criatura. Hizo todo tipo de señas para llamar su atención pero no consiguió, puesto a que esta estaba concentrada en comer cualquier cosa a su alcance. Entonces, el beatle le arrojó una roca que, para su mala y buena suerte, hizo enfadar a la criatura. Esta comenzó a perseguirlo por todo el pequeño planeta, mientras los niños reían y los demás se preocupaban. 

En cierto momento, Paul divisó un pequeño pozo y se escondió allí dentro. Esperó a que la criatura, quién era medio ciega, pasara de largo y salió. Corrió tras ella varios metros y se trepó a un árbol. La bestia, quien lo buscaba enfadada, lo divisó y gruñó enojada. En el momento en el que abrió su boca para comer al beatle, este arrojó el frasco de veneno en su interior. La criatura se tambaleó un poco y cayó muerta haciendo retumbar el pequeño planeta.

Todos los habitantes salieron a las calles a festejar y alabar la valentía de Paul, quién no podía creer lo que había hecho.

-¡Nos has salvado!-Le comentaban.

-Las cosechas por fin estarán a salvo.-Le agradecían.

Colgaron banderines en el palacio y organizaron un enorme banquete para el pueblo. Acto seguido coronaron a el beatle como Primer Caballero Naranja, y lo invitaron a instalarse allí.


Mientas tanto, sus acompañantes acababan de despertar.

-¿Qué hay para desayunar?-Dijo bostezando George.

-Tengo mucha hambre.-Completó John.

-¿Do-donde estamos?-Se sorprendió Ringo al mirar hacia la ventanilla.

Itzel extrañada por el comentario se acercó allí también y se sorprendió por demás. No sabía donde se encontraban y mucho menos como habían llegado allí.

-¿Donde estamos?-Preguntó John.

-Parece ser el Planeta Naranja.-Dijo Itzel haciendo cálculos.-Nos hemos desviado mucho de la Ruta 2.000 y no tengo idea como.

-¿Y Paul?-Preguntó Richard.

-¡McCartney!-Dijeron los tres restantes dándose cuenta de todo...

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Hola, otro capítulo de regalo. No tenía pensado hacer esto de la naranja, en realidad no tenía pensado nada. Pero cuando empecé a escribir el capítulo vi unas naranjas en la cocina y se me ocurrió jajaja.
Fernanda bienvenida! Yo trato de no dejar mis fics abandonados aunque no suba por tres meses jaja así que no te preocupes. 
María Luján querida (?) ¿Como andás? jaja Me alegro que te guste este fic y te sientas identificada por su nivel de incoherencias jaja ¡Ah! Y estoy muy manija con Stop and Smell, quiero saber que pasa con Deri (?

martes, 19 de febrero de 2013

Capítulo 3

Harrison, quién ahora ingería todo tipo de alimentos, contempló atención los movimientos de su compañero.

-Hola.-Dijo Paul apoyándose sobre la barra. 

Había una hermosa mujer que se encontraba de espaldas. Tenía el cabello rojo más llamativo que puedas imaginar, más aún, era como el fuego mismo. Su tez era violeta y llevaba extrañas ropas. En cuanto la dichosa extraterrestre voletó, George lanzó una carcajada debido a la inesperada expresión de Paul. La joven, o no tanto al parecer, tenía tres ojos inquietantes, una nariz de tamaño exagerado y una boca inmensa que contenía afilados dientes y una lengua serpenteante. Parecía un típico monstruo con el cual los padres terrícolas asustan a sus hijos a cambio de que vayan a la cama, en el buen sentido, claro está.

-Hola ¿qué se te ofrece?-Preguntó.

-Yo... emm.-Paul parecía nervioso.-¿Tiene hora?

La extraña lo miró algo mal y apagó su cigarro sobre la palma de su mano.

-Claro.-Dijo de mala gana y comenzó a revolver en su bolso.-¿Cuánto?

-¿Cuánto qué?-Paul no comprendió.

-Toma.-Dijo sacando un frasco de su bolso.-Solo tengo 20 minutos.

-Gracias.-Contestó tomándolo, aunque no supiera de que se trataba.

El Beatle, muerto de verguenza,se dirigió hacia su compañero, quién reía a carcajadas. George, ahora comiendo una extraña manzana de chocolate, miró intrigado a su acompañante.

-¿Qué es eso?

-No tengo la menor idea.-Contestó.-Nada más le pedí la hora ¡y me dio esto!

-Yo creo que es droga.

-No seas idiota Harrison.-Dijo él.-Quiero irme a casa, Brian nos matará si se entera de esto.

George no le prestó atención, tomó el pequeño frasco y comenzó a analizarlo de todas formas posibles, o imposibles ¿Quién sabe? De aquel lugar todo podía esperarse. 

La nueva adquisición de Paul tenía un color muy extraño. Por minutos era algo rosado y por otros parecía no tener color, pero en esos instantes una extraña y brillante sustancia caía dentro como si nevara allí. George consideró la idea de beberlo, pero se contuvo, al menos hasta estar cerca de Itzel, que seguramente supiese más sobre el tema.

Mientras tanto, la joven del extraño planeta se encontraba a un lado del vehículo. Había terminado de cargar combustible y esperaba a sus acompañantes, quienes aún no se habían dignado a aparecer.

-¿Qué haces?-Preguntó John viniendo por la derecha algo mareado.

-Estoy esperándolos.-Dijo como si fuese algo obvio.

-Voy a buscar a Ringo, lo vi hace unos minutos intentando subirse a un cohete.-Rió y desapareció nuevamente.

En ese mismo instante aparecieron por la izquierda Paul algo asustado y George con los bolsillos apunto de reventar y agitando felizmente un frasco. 

-Por fin.-Susurró la extraterrestre algo exasperada del asombro de los jóvenes terrícolas.

-¿Nos estabas esperando?-Dijo divertido George.

-Adentro.-Ordenó Itzel y reparó en la expresión del castaño.-¿Qué le pasa?

-Una mala experiencia lo dejó algo asustado... ya sabes, con mujeres.-Respondió Harrison y subió a la nave seguido del bajista, quien no decía una sola palabra.

-Solo voy a advertirte que debes tener más precaución que en tu planeta ¿de acuerdo?

-Así es.-Dijo Paul asombrado por oír palabras amables de la extraterrestre.

Mientras ocurría eso, John vagabundeaba por el paraje observando maravillado todo su al rededor y, de paso, buscando al enano narigón que siempre se perdía entre la multidtud.

-¡Richard!-Exclamó al ver como su compañero se encontraba trepado a uno de esos juegos que arrojan alegremente a la gente por los aires.

-¡John!-Contestó él.

-¿Estás demente? ¡Baja de ahí ahora mismo!

Toda esta conversación se efectuaba en una escena en la que John hablaba con su amigo quien estaba de cabeza volando por los aires. Imagínense lo descabellado que se tornaba para los terrícolas.

-No, John. ¡Esto es asombroso!

Y ahí fue cuando el joven reparó en lo que le comentaba el muchacho. No era un juego cualquiera, no. Ni mucho menos -¿ni mucho más?- No se trataba solo del asombro que provocaba estar en las afueras de la galaxia. Incluso si aquel aparato se encontrara en la tierra seguiría siendo increíble, aunque no en las mismas dimensiones.

Todo trataba de hacer girar una ruleta y ver la suerte que te tocaba. Había opciones para todos los gustos: Se arrojado a la estrella más cercana y rebotar en un enorme almohadón de plumas, saltar sobre el tercer ojo del enorme lagarto violeta, un tiro más de regalo, o simplemente un trago hecho de polvos interestelares, entre otras cosas que prefiero no nombrar porque lo único que conseguiría sería hacer que desearan estar allí.

Y así es como, en vez de ir a buscarlo y llevarlo con el resto de la tripulación, John se unió a Richard y ambos volaban por los aires y reían eufóricamente. Cuando sus monedas se habían acabado (¡todas!) cayeron en la cuenta de su irresponsabilidad y consideraron la opción de que quizás se habían marchado sin ellos. 

Corrieron a todo pulmón dándose cuenta que habían pasado, lo que sería en su planeta, 45 minutos allí arriba. Ante las miradas de todos los presentes, llegaron al lugar donde la nave, a su favor, seguía aparcada.

-Entren. Ya.-Dijo Itzel abriendo la puerta y cerrándola a su paso.

-¿Estás enojada?-Se atrevió a preguntar Richard con toda la inocencia del mundo.

Mas Itzel no tenía tiempo para esas cosas, por lo que reviso su ruta a seguir y encendió su nave con un fuerte rugido. En cuestión de minutos, se encontraban tan alejados del lugar que incluso les parecía lejano en el tiempo.

-¡Y entonces Paul le pidió la hora!-Contó riendo Harrison al resto de los presentes y todos estallaron en carcajadas.

-Este lugar es maravilloso, quiero pasar el resto de mis días aquí.-Suspiró Lennon.

-No podemos. Tenemos mucha gente en la que debemos ocuparnos allí en La Tierra.-Contradijo Paul.-Y una de ellas en Brian. Debe estar llamándonos desesperadamente, va a matarnos si se entera que estuvimos dando vueltas por el cosmos.

-No seas marica, McCartney.-Contestó Lennon.

-Hablando de eso...-Dijo Harrison y sacó el frasco de su bolsillo.-¿Sabes que es esto, Itzel?

La muchacha volteó y lo miró incrédula. No podía comprender como el terrícola no comprendía que tenía entre sus manos.

-Tiempo, claro.-Rió.

-¿Como que tiempo?-Dijeron al unísono los cuatro de Liverpool.

-En este caso, si no me equivoco, parecen ser 20 minutos. En cuanto se abra el frasco saldrá ese determinado tiempo. Sirve como una ayuda para cuando alguien está retrasado, entre otras cosas.-Explicó ella.-El tiempo se detiene otorgándote la cantidad que hayas soltado.

-Pero...-John se vio en una encrucijada.-Quizás ahora alguien haya abierto uno y nosotros no nos percatamos de aquello porque para nosotros el tiempo sigue como antes...

-Exacto.-Dijo ella.-Sucede a cada minuto.

Los cuatro terrícolas durante un rato discutieron sobre aquella teoría, mientras que Itzel, quién podía leer esa discusión en cualquier libro de historia antigua de su planeta, se concentraba en idear algún plan. Iría directamente allí, sin hacer otra parada a menos que fuese sumamente necesario. Una vez en el lugar, haría pasar a Richard como un miembro de la dinastía de Diamantina, lo que sería una tarea fácil.

Era la hora de dormir y todos estaban, aproximadamente, en su quinto sueño, excepto Itzel, quien manejaría hasta entrar en la ruta certera que  en unos días los llevaría directo hacia el planeta número 9, allí pondría el piloto automático e iría a dormir. La otra persona despierta era Paul, quien al parecer estaba desvelado y contándole anécdotas a la extraterrestre.

En un momento de la conversación, esta tuvo que ser interrumpida debido a que una nave se cruzó precipitadamente delante de ellos. Itzel lo reconoció al instante.

-¡Sonico!-Exclamó nombrándolo enojada.

Paul no podía creerlo... ¡era Super Sónico! el conocido padre de familia. Le parecía imposible que estara allí, pero así era. La extraterrestre le contó que siempre solía manejar de forma deplorable puesto a que llegaba tarde a su empleo y su jefe le gritaría. También mencionó que era muy amigo de su padre.

Cuando por fin, y luego de largos años luz, entraron en la "Ruta 2.000" Itzel comenzó a programar los controles para que el piloto automático siguiera de forma recta el resto de la noche. Mejor llamémosle el tiempo de dormir, puesto a que allí no existía ni el más claro día ni la más profunda noche.

Pese a que llevaba tiempo dando vueltas sobre su lugar, y que todos estaban ya dormidos, Paul no pudo pegar el ojo. 
No porque estuviese asustado, creía él, ni tampoco por que lo perturbara la imagen de la mujer o extrañara su hogar. Más bien lo atribuía al hecho de que el insomnio solía apoderarse del él bastante seguido.

Mientras más pensaba en todo esto, seguía tratando de convencerse en vano de que era una locura. Pero nada podía hacer para remediarlo... excepto otra locura.

Se levantó intentando hacer el menor ruido posible y aunque lo hiciera todos estaban tan dormidos que no lo oirían. Se acercó lentamente hacia el tablero de control y lo observó con una expresión algo traviesa. Un enorme botón rojo cautivó su atención de una forma inexplicable, nunca lo había visto allí. Y puesto a que él se consideraba un presionador de botones profesional, no podía atentar contra su naturaleza. Lo observó varios segundos con una sonrisa algo diabólico y sin previo aviso lo presionó. 

La nave salió de su rumbo, al parecer había desactivado el piloto automático. Paul pensó que iban a degollarlo cuando se enteren, por lo que tomó los controles y trató de desviarla hacia su rumbo normal. Pero no pudo, por más que intentó recordar los viajes con su tío piloto, no pudo. El vehículo perdiendo el control descendió a una velocidad increíble y aterrizó humeante sobre un planeta naranja y completamente desconocido. Si estaba seguro de algo, era que iban a matarlo...


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Hola hola, terminé mi otro fic y volví. Para todos los curiosos a los que les surgió la duda: No, no me mando LSD antes de hacer estos capítulos jaja Es simplemente imaginación y exceso de Star Wars y Viaje a las estrellas, entre otras cosas raras de ciencia ficción (Steven Spielberg te amo! jajaj) Ya se que no subo muy seguido y me re cuelgo, perdón por eso! Pero para este fic necesito imaginación y no le tengo mucha fe, no sé por qué. Si les gusta comenten, nos vemos, ciudense!

viernes, 26 de octubre de 2012

Capítulo 2

Los cuatro jóvenes de Liverpool se miraron sin comprender lo que la extraña quiso decirles. Y, puesto a que no hicieron nada, Itzel puso en marcha la nave a su máxima velocidad. Como era de esperarse, los cuatro Beatles cayeron al suelo frente a la reciente aceleración.

-Qué no conocen el principio de la fuerza de la emoción?-Inquirió Itzel sin voltear a observarlos.

Los cuatro, aún arrojados en el suelo se miraron sin comprender absolutamente nada, e incluso Richard se rió ante tal incoherencia.

-Qué es eso?-Dijo por fin Paul.

-Un cuerpo se aleja de su punto inicial debido a que sufre un cambio de velocidad.-Contestó ella sin prestar demasiada atención a la troglodita conversación.

-Nosotros lo llamamos fuerza centrífuga.-Dijo orgulloso él.

-¿''Nosotros''? ¿Ustedes y quién más?

Paul pareció estar confundido.

-Y el resto de los habitantes del planeta Tierra.-Contestó Richard en lugar de su amigo.

Por su parte, John continuaba fascinado con las estrellas y demás basura intergaláctica que se hallaba del otro lado de la ventanilla. George seguía inmerso en sus pensamientos mientras comía y observaba un punto fijo en el techo.

-Tus ojos...-Murmuró Itzel.

-Si, todas dicen lo mismo.-Se agrandó el narigón con una pequeña sonrisa.

-Creerán que eres de la dinastía de Diamantina.-Contestó pensativa la joven.

-No sé si tomarlo como una ventaja o un problema.-Dijo él.

-Tampoco yo.

Esa era otra de las características tan peculiares del tan peculiar planeta. Cada dinastía poseía un color de ojos que los caracterizaba, y curiosamente, el joven terrícola de la gran nariz podía llegar a ser muy útil en aquel aspecto.

En el momento en el que la joven extraterrestre volvió a poner atención en el camino, una enorme roca estaba frente a ellos. Venía a una velocidad asombrosa, la necesaria para hacer creer a los cuatro jóvenes que su vida terminaría allí mismo, lejos de casa, pero los habitantes del planeta Número 9, tenían reflejos asombrosos.

La roca no dio en el ''blanco'', pero pasó tan cerca de la nave que el mismísimo mono-elefante de la realeza Neuf se hubiese sobresaltado. El artefacto tambaleó sobre su eje varios segundos, en los cuales todos los presentes allí, menos Itzel, quedaron mudos.

-Estoy seguro que si Epstein se entera de esto nos matará.-Paul rompió el silencio.

-Qué dices McCartney?-Contestó John.

-Qué no lo ves? Una roca enorme casi nos vuela en pedazos!-Parecía estar más que sorprendido.

Pero el asombro de Paul no fue nada comparado con el que experimentó cuando George preguntó de donde provenía esa roca, y la respuesta no estaba ni más ni menos que frente a ellos.

Eran miles... ¡millones! Cada una de diferente tamaño. Poco a poco, iban agrupándose hasta formar un extenso camino de roca intergaláctica. Al acercarse cada vez más, los terrícolas pudieron darse cuenta que no eran los únicos que lo estaban haciendo. Había una cantidad incontable de naves allí estacionadas.

-Ya llegamos? Tan rápido?-Se atrevió a preguntar George mientras descendían.

-No.-Se limitó a contestar la joven de tez azul mientras presionaba una serie de botones de colores.

-Y donde estamos?-Curioseó ahora John.

-En Star-bucks.-Contestó ella.

Los cuatro beatles rieron ante el juego de palabras del nombre, cosa que Itzel no pudo comprender puesto a que no había observado mucho el planeta de origen de sus acompañantes.

-Bajen.-Dijo casi como una orden.

-Pero...

-No seas marica Starkey.-Se burló John.

-Hay aire allí afuera?-Dijo la criatura de ojos claros en su defensa.

-Lo había olvidado...-Contestó Itzel.-Pero no interesa eso ahora, bajen.

Los jóvenes muy poco convencidos de las retorcidas órdenes de la muchacha del otro lado del universo, bajaron de la nave.

-Yo creo que quiere matarnos.-Dijo George susurrando a su compañero.

-Si hubiese querido matarnos lo habría hecho desde un principio.-Contestó el otro en el mismo tono de voz.

-Probablemente se dio cuenta no podríamos servirle de ayuda y puesto a que nos ha dado demasiada información quiera eliminarnos.-Dijo fiel a su idea.

-Eliminarnos de donde?

-De la existencia!-Se alarmó George.

Paul le dedicó una mueca y siguieron caminando sin decir una sola palabra. 

Muy a su sorpresa al salir del vehículo nada les sucedió. No se pusieron violetas a falta de aire, su sangre no sufrió cambios de presión, su esqueleto no intentó salir por su nariz, ni nada por el estilo. Resulta que hasta las partículas de aire eran inteligentes en aquel lugar, y de alguna forma que desconocían aún, entraban en su cuerpo sin la necesidad de respirar.

El lugar era más de lo que imaginaron, aún más de lo que nunca podrían imaginar. Aparentaba ser uno de esos lugares donde los vehículos frenaban a cargar combustible y donde sus conductores comían algo antes de continuar sus largos viajes.

Lo mejor del lugar, y del viaje hasta ahora, para los extraños terrícolas y su mente cerrada había sido el paisaje, y de allí se apreciaba mejor que en ningún otro lugar.

El camino de rocas continuaba hasta donde su vista se lo permitía y sobre el horizonte se hallaba la inmensidad más profunda que nunca habían visto. Las estrellas parecían ser salpicaduras de plata sobre una enorme tela oscura. Los planetas se observaban a lo lejos como bolas de billar pintadas por Picasso. Todo era nuevo para los terrícolas, y lejos de ser misterioso, era lo más fascinante que habían advertido en su existencia.

-No se queden ahí parados, muévanse.-Dijo Itzel sacándolos  repentinamente de su asombro.

-Qué hacemos?-Preguntó Paul.

-No sé, voy a cargar combustible a la nave, no se alejen demasiado.-Dijo y se dirigió hacia una máquina bastante extraña.

John se separó del grupo como es la costumbre, casi por arte de magia. Se encontró en el medio de muchísimos seres de diversos colores y tamaños. Algunos hablaban con dialectos extraños, y otros con gestos y señas, pero muy extrañamente los comprendía.

-Mami mira, ese señor tiene dos ojos.-Chilló risueña una niña de tez violeta señalándolo.

-Amht donde quedaron tus modales? Debe ser un veterano de la guerra.-Explicó su madre dedicándole una mirada de compasión.

-Perdone señor.-Se disculpó la jovencita y de la mano de su madre se dirigió hacia algún otro lado.

John quedó atónito, confuso más que otra cosa. Sin embargo, cada segundo que transcurría allí le hacía sentir una felicidad que solo aquel lugar podía proporcionarle. Había algo en el aire, como una sensación similar a la que sentía cada vez que estaba a punto de salir a dar un concierto.

-Quién no ha querido viajar sobre un cometa? Ya no debe hacer todos los trámites de la asquerosa burguesía para poder hacerlo, pues le traemos la solución. ¡Anótese aquí! Le garantizamos el mejor viaje sobre el cometa Halley que jamás haya imaginado!

Ringo se quedó observando atentamente. Un hombre azul y con tres ojos amarillos que vestía con traje y galera, estaba parado sobre un stand y ofrecía viajes sobre un cometa, que extraño resultaba todo esto!

-Si no tuviese que salvar una nación...-Se dijo Richard a sí mismo.-En otra ocasión será...

Dejó de prestarle atención al hombre y continuó observando su entorno.

-Paul, crees que vendan comida aquí?-Preguntó George.

-Seguramente.-Contestó su amigo.

-Vamos a averiguar.

Caminaron hacia un pequeño edificio en el cual había tres puertas. En las dos últimas se leía un letrero con la inscripción ''Baños'' y en cambio, en el primero no había nada, por lo cual dieron por sentado que sería allí.

Entraron a continuación de que la puerta se abriera para darles paso. Había muchas mesas allí y... ¡flotaban! parecía mentira, pero ahí estaban. Las personas que se encontraban en ellas, parecían estar lo más normales y es que claramente las mesas inteligentes habían sido un invento de Plutón hacía 300 años atrás.

George se acercó a el mostrador donde había todo tipo de alimentos, incluso algunos producían un extraño brillo.

-Esto es el paraíso.-Murmuró a su amigo.

-Ya lo creo...-Contestó el otro observando a su izquierda.

-No irás a hacer lo que creo, o sí?-Preguntó siguiendo la mirada de su compañero.

-Sí.-Dijo con una sonrisa pícara...

lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 1

Un trozo de roca galáctica rozó la pequeña nave de Itzel, haciendo que se tambaleara levemente. No tenía mucha idea de como manejar esta cosa, puesto que había botones de todos los colores y tamaños.

Poco a poco fue descendiendo como en una capa de nubes muy fina y de pronto... un centenar de edificios la rodearon. El ruido era insoportable e incesante. Sin embargo, todas aquellas tecnologías parecían estar sumamente atrasadas en consideración de las que conocía en su pequeño planeta.

Estacionó la nave, en el medio de una avenida, y bajó. Miró hacia los lados y no había señales de alguna mente inteligente. Un pequeño niño pasó por allí, caminando alegremente, pero no pudo evitar quedarse mirando a la recién llegada, puesto que para los terrícolas no es muy común ver personas de tez celeste.

-Llévame con tu líder!-Exigió inútilmente Itzel, puesto a que el niño soltó una carcajada y siguió caminando a saltitos, como su hubiese visto un payaso.

La princesa del planeta tan extraño, perdió esperanza alguna de encontrar ayuda, y se adentró nuevamente en el vehículo. Allí esperó y esperó, quien sabe que cosa. Cuando un hombre pasó caminando, llevaba unas ropas muy particulares, sumamente coloridas. Seguramente debía ser alguien de poder en ese extraño reino.

Precavidamente, la muchacha, no bajó de su vehículo, para evitar cometer el mismo error, además quién sabe que tipo de virus tendría aquel planeta. Por su parte, decidió observar un poco su comportamiento, así que puso en marcha la nave, la cual realizó todo tipo de sonidos, y lo siguió, tratando de ocultarse entre los árboles.

-Que aburridos pueden llegar a ser los domingos por la tarde aquí en Liverpool.-Se quejó el hombre mientras pateaba una roca.

Itzel muy a su sorpresa, comprendía a la perfección lo que aquel hombre de tan extraña apariencia decía.

-Ay!-Suspiró él.

La visitante, comenzó a seguirlo deteniéndose cada vez que el hombre lo hacía. A este último le parecía verdaderamente ilógica la descabellada idea de que una nave espacial estuviese siguiéndolo, en especial porque nada bueno o interesante sucedía los domingos.

-Usted me creería si le dijera que una nave del espacio está siguiéndome?-Preguntó a un oficial de policía que vigilaba la zona durante la jornada.

-Sinceramente... no.-Respondió aquel.

-Justo como lo imaginé.-Se resignó el hombre.

En cierto modo, la idea de que algo le sucediese a su vida, lo alegraba, pero también cabía la inmensa posibilidad que todo sea producto de su reprimida imaginación combinada con la soledad del momento. 

Llegó a lo que parecía ser su casa. A Itzel no le agradó demasiado el lugar, no era digno de un rey o gobernante, y comenzó a estar cada vez más convencida de que aquel hombre no lo era, pese a sus extrañas vestimentas. Sin embargo, algo le decía que era su última oportunidad, y... ¡quién sabe que atrocidades estaría cometiendo Diamantina en su querido planeta!

-Ringo, que no oyes que están llamando a la puerta?-Se quejó otro hombre, sentado frente a un extraño aparato que reproducía sonidos.

-Ayuda!-Exclamó Itzel del otro lado.

-No necesitamos, gracias de todos modos.-Contestó quien se hacía llamar Ringo.

-Ayuda!-Volvió a repetir.

-Que sucede?-Preguntó él abriendo la puerta.

-Necesito su ayuda.

-Esa parte ya la mencionaste.

-Llévame con tu líder!-Exigió la princesa al notar la incapacidad de aquel hombre.

-John!-Gritó.

-Qué sucede mi lindo Richard?-Contestaron desde otra habitación.

-Te buscan!-Anunció.

-Quién?-Se volvió a oír esa voz.

-No lo sé, una mujer azul.-Contestó sin aún hacerla entrar.

-Azul?-Preguntaron desde la otra habitación.

-Si, azul.

-No será otra fan loca?

-Lo dudo...

Otro hombre apareció en la extraña habitación, llevaba una especie de lentes y un libro en su mano derecha.

-Hola, soy John... qué se le ofrece señorita?-Preguntó cordialmente.

-Necesito ayuda!-Dijo y Ringo rodó los ojos.-Mi planeta está en peligro!

-De qué hablas?-Preguntó sin comprender.

-No hay tiempo para explicaciones!

Y en menos de lo que puedes decir 9, Itzel había arrastrado a aquel hombre hacia su nave, y puesto a que el otro no sabía que hacer exactamente, lo siguió.

-Oye George, una mujer azul se llevó a John y Ringo.-Anunció el que aún observaba la situación frente al extraño artefacto.

-Y qué esperas? Vamos tras ellos.-Contestó el otro algo emocionado con las manos llenas de diferentes tipos de alimentos.

-Uno no puede componer tranquilo en esta casa.-Se quejó el joven poniéndose su abrigo.

Ambos llegaron a tiempo justo antes de que la nave cerrase sus extrañas puertas. Itzel presionó un botón color verde y puso el artefacto en marcha. En estos años de ir a la deriva por el cosmos, había aprendido algo sobre la nave, al menos que era el botón verde la que la encendía.

-Esto es lo más raro que ha hecho una fan por mi.-Acotó ese tal John, fiel a su ocurrencia, observando perplejo la tecnología del vehículo.

-Mi planeta está en peligro y necesito su ayuda.-Comenzó Itzel mientras el artefacto rugía.- Me he tomado el atrevimiento de seguir a este hombre, hacia su morada, puesto a que deduje que con esos harapos, debía ser alguien de poder en este lado del cosmos.

-Harapos Jajá.-Rió aquel que llevaba comida, George, y señaló a su compañero de forma burlona.

-Silencio terrícola!-Dijo Itzel, quién no le veía la gracia a tan terrible asunto.

-Y en que consiste su problema señorita?-Preguntó Paul, ese era su nombre, cada vez más convencido que no era una simple joven histérica que solo quería casarse con él.

-Diamantina, la jefa de una poderosa familia, ha derrocado al Sr. Neuf, mi padre, y tomó el poder a la fuerza...

-Y no pueden simplemente arrestarla?-Interrumpió John.

-Tiene bajo su poder el Cristal Amarillo! Mientas esto sea así, es imposible. Sus malvados secuaces están plantando bombas del número 6 en todos los sectores del planeta.-Se lamentó una vez más la joven.-Son mi única esperanza...

-Con que una dictadura del otro lado de la galaxia?-Analizó el hombre de la gran nariz.-Me parece una buena idea, los domingos nunca sucede nada...

-Los Beatles han sido todo menos héroes intergalácticos.-Dijo Paul.-Creo que si Brian se entera nos matará...

-Tu opinión me basta para decidir... pon en marcha esta cosa.-Dijo John con una enorme sonrisa, aunque seguía pensando que todo esto no era más que una farsa.

Itzel presionó un botón amarillo y la nave comenzó a ascender y ascender... tan alto llegó que las nubes parecían ser un esponjoso suelo blanco, que te incitaba a saltar de allí y caer sobre esa capa suave cual almohadón de plumas.

-Esto es lo más extraño que me ha sucedido en la vida.-Se impresionó Paul.

-Ya lo creo.-Le dio la razón su amigo que seguía sin dejar de comer.

La nave atravesó la atmósfera y de pronto la superficie del planeta Tierra se vio desde afuera, un increíble espectáculo digno de cualquier ser viviente. El espacio es inmenso, inalcanzable... ¡Interminable! Los cuatro hombres parecían estar tan sorprendidos, como si nunca lo hubiesen visitado! Sin embargo más de una vez consideraron la posibilidad de que todo sea un sueño, uno muy real desde lo más profundo de su subconsciente. 

-Las estrellas... son lo más hermoso que advertí en mi existencia.-Comentó John, más que impresionado por la oscura inmensidad que observaba.

-No te pongas filósofo Lennon.-Lo retó otro.

-Creo que ya es hora.-Contestó Itzel observando el tablero que tenía en frente.

-Aquí existe la hora?-Dudó George.

Itzel ignoró tal comentario y empezó a presionar una serie de botones y palancas llamativas.

-Qué haces?-Se preocupó Paul.

-Procuren sostenerse de algo, vamos a viajar a la velocidad de la felicidad...